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En busca de Hugo Chávez

By Michael Shifter
Foreign Affairs en Español, July 1, 2006

PUENTE SOBRE AGUAS TURBULENTAS

Justo cuando el derrumbe inminente de un puente obligara al gobierno del presidente Hugo Chávez a cerrar la única autopista que une el aeropuerto principal de Venezuela con la ciudad capital, en enero, comenzaron las recriminaciones. Los opositores de Chávez lo acusaron de desaprovechar la bonanza petrolera del país en proyectos de corte político en el extranjero mientras olvidaba la infraestructura interna. Sus partidarios, a su vez, acusaron a la élite tradicional que gobernó antes que él de dilapidar recursos y soslayar durante décadas necesidades fundamentales. De hecho, los dos grupos de acusaciones eran casi idénticos. Y ambos tenían razón. Los dirigentes venezolanos, tanto Chávez como sus predecesores, han sido culpables durante mucho tiempo de confundir prioridades. Y, como ocurre hoy día con tantas cosas en la sociedad más políticamente polarizada de América Latina, todos comparten la responsabilidad de no dar mantenimiento al que se puede considerar con fundamento el tramo carretero más importante de Venezuela.

Poco antes de que Chávez asumiera el cargo, en febrero de 1999, Gabriel García Márquez lo acompañó en un viaje a Caracas desde La Habana, Cuba, donde el presidente electo venezolano visitó a Fidel Castro. "Me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos -- escribió después el Premio Nobel -- . Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más." Siete años después, estos "dos hombres opuestos" viven en la mente de los partidarios y los opositores de Chávez.

Para sus partidarios más fervientes en Venezuela y entre la izquierda internacional, Chávez es un héroe movido por impulsos humanitarios para revertir la injusticia social y la desigualdad, problemas despreciados durante mucho tiempo por una clase política tradicional dedicada a defender su propia posición mientras negaba a las masas la parte a la que tenían derecho de riqueza y de participación política significativa. Combate con valor por la solidaridad latinoamericana y se yergue ante la prepotencia de Estados Unidos. Con carisma y petrodólares, aprovecha la oportunidad de corregir los desequilibrios de poder y riqueza que desde hace mucho han definido a los asuntos venezolanos y hemisféricos.

Para sus opositores -- la asediada oposición interna y muchos en Washington -- , Chávez es un dictador hambriento de poder que desdeña el estado de derecho y el proceso democrático. Está en el curso catastrófico de ampliar el control estatal sobre la economía, militarizar la política, eliminar la disidencia, coquetear con regímenes perversos y llevar a cabo programas sociales mal orientados que perjudicarán al país. Es un autoritario cuya visión y políticas no tienen cualidades redentoras y una amenaza formidable para su pueblo, sus vecinos latinoamericanos y los intereses estadounidenses.

Estas caricaturas definen los polos de un debate que oscurece la realidad del fenómeno Chávez e impiden el desarrollo de una respuesta sólida a él. La atracción de Chávez no se puede explicar sin reconocer la profunda insatisfacción con el orden político y social prevaleciente en gran parte de la población venezolana y mucho del resto de América Latina, la región más desigual del mundo. Las afirmaciones de Chávez de que podía remediar los legítimos reclamos de los venezolanos le ganaron el apoyo de amplios sectores en la región.

Pero las políticas de Chávez son en gran medida dudosas. Pese a los ingresos petroleros sin precedente, que financian el gasto social, sus iniciativas han producido sólo ganancias muy modestas. Sus tendencias autocráticas y megalómanas han socavado la gobernabilidad y el proceso democrático. Sin embargo, su seductor proyecto político ha ofrecido una medida de esperanza a muchos, y sus críticos han mostrado una ineptitud crónica: todo esfuerzo por desafiarlo, dentro y fuera del país, ha fracasado, y por lo regular ha terminado fortaleciéndolo aún más. Sus opositores dentro y fuera de Venezuela han invertido mucho tiempo y esfuerzo en condenar el modelo que dice representar, pero demasiado poco en proponer uno propio. En tanto no lo hagan, es probable que Chávez siga teniendo la sartén por el mango.

ALÓ, PRESIDENTE

Venezuela estaba lista para un cambio importante cuando Chávez fue elegido presidente, en 1998. Durante 40 años, una alianza de dos partidos -- Acción Democrática y Partido Demócrata Cristiano -- dominó el orden político. Hacia la década de los setenta, a los dos se les consideraba culpables, con razón, de corrupción crónica y el mal manejo del país; el excluyente sistema político que manejaban estaba divorciado por completo de las principales preocupaciones de la mayoría de los venezolanos. La gran riqueza petrolera (Venezuela es el quinto productor mundial) sólo sirvió para profundizar la indignación de sus habitantes.

Durante las décadas de 1980 y 1990, ningún país sudamericano se deterioró más que Venezuela; su PIB cayó 40%. En febrero de 1992, ya con la intranquilidad muy extendida, Chávez, teniente coronel y ex miembro del cuerpo de paracaidistas, encabezó un golpe militar contra el gobierno. Aunque el golpe falló y Chávez pasó los dos años siguientes en prisión, su intrépido desafío lo proyectó a la escena política nacional e impulsó su carrera.

Cuando entró en la política, seis años después, su estilo combativo, carisma popular y estilo franco de hablar le sirvieron bien en un país marcado por un persistente descontento. Su fiera condena al viejo orden político -- y la promesa de una "revolución" en honor del libertador sudamericano Simón Bolívar -- tuvo gran resonancia entre los venezolanos pobres. A diferencia de los políticos "inasequibles", Chávez proyectaba un sincero interés por quienes vivían en la pobreza. En Venezuela, eso significaba tres cuartos de la población.

El proyecto político de Chávez ha sido una mezcla ecléctica de populismo, nacionalismo, militarismo y, más recientemente, socialismo, junto con un acento "bolivariano" en la unidad sudamericana. Chávez se considera a sí mismo la encarnación de la voluntad popular. La "democracia participativa", dirigida a dar poder a los venezolanos y movilizarlos, es la esencia del chavismo. Aprovechando sus habilidades de comunicación, Chávez, hombre espectáculo por excelencia, habla directo al público en su programa semanal de televisión, Aló Presidente, mediante el cual afianza su vínculo con las masas.

Detrás de la envoltura democrática y una hoja de parra de legitimidad, Chávez ha concentrado poder hasta un grado asombroso. Si bien se benefició considerablemente del derrumbe total del viejo orden, también ha demostrado ser un político hábil y astuto, pese a que con frecuencia se le desecha como mero bufón. Construyó su edificio de poder mediante una sucesión de elecciones, incluso un referendo para una nueva constitución en 1999. Esa nueva constitución "bolivariana" permitió la reelección consecutiva del Ejecutivo e instituyó un consejo electoral que es un cuarto poder de gobierno.

Los contornos del régimen "iliberal" de Chávez se ven cada vez mejor definidos en los siete años pasados. Casi todas las decisiones claves están en manos del presidente. El estado de derecho es, cuando mucho, periférico. El Consejo Nacional Electoral y la Asamblea Nacional se han vuelto meros apéndices del Ejecutivo. En mayo de 2004, Chávez se valió de su mayoría de partidarios en la Asamblea Nacional para lograr la aprobación de una medida que incrementó el número de jueces de la Corte Suprema de 20 a 32, lo cual le permitió llenar el tribunal de partidarios leales escogidos directamente por él.

Sin duda, la disidencia está permitida, y los medios de comunicación, privados en su mayor parte, critican a Chávez con frecuencia. Pero se adoptaron instrumentos para acallar voces críticas en caso necesario. Según el código penal, hoy es delito mostrar falta de respeto al presidente y otras autoridades gubernamentales, punible con hasta 20 meses en prisión. Una Ley de Responsabilidad Social, promulgada en 2004, se acerca a la censura al imponer "restricciones administrativas" a las emisiones de radio y televisión. La medida recibió la enérgica condena de varios grupos, entre ellos la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, perteneciente a la Organización de los Estados Americanos (OEA). Al plantear la perturbadora posibilidad de una aplicación arbitraria, tales restricciones tienen un efecto escalofriante en la prensa. También existe evidencia anecdótica fidedigna sobre la existencia de listas de preferencias políticas individuales con las cuales se niega empleos y servicios a opositores de Chávez.

Para gobernar, Chávez se apoya sobre todo en las fuerzas armadas, la institución que mejor conoce y en la que más confía. Gracias a una ley a la medida, Chávez aún es oficial en activo, y más de la tercera parte de los gobiernos regionales están en manos de militares vinculados directamente a él. Como escribió el director del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff: "Para todos los propósitos prácticos, éste es un gobierno de las fuerzas armadas". Además, el gobierno organiza milicias privadas desarmadas y desarrolla planes para movilizar hasta dos millones de reservistas en nombre de la defensa nacional. El poder ciudadano -- el conjunto del fiscal general, la contraloría y el defensor del pueblo -- apuntala al régimen y tiene poderes para criticar e iniciar investigaciones de las acciones de las demás ramas del gobierno (y representa el quinto poder de gobierno, conforme a la constitución de 1999). Chávez muestra poco deseo de construir un partido coherente, y se apoya en cambio en la heterogénea agrupación política que llama Movimiento Quinta República.

Las estrategias de Chávez han sido en particular eficaces para enfrentar a una oposición consistentemente inepta y hoy más débil que nunca. En su empeño por derrocarlo ha empleado varias tácticas -- un golpe de Estado, una huelga nacional y un referendo revocatorio -- , pero nunca ha tenido una estrategia viable, un programa alterno ni un liderazgo efectivo. En abril de 2002, un golpe fallido no sólo planteó dudas sobre las credenciales democráticas de la oposición; también dio a Chávez el pretexto ideal para asumir el control total de las fuerzas armadas y purgar a todos los disidentes. La huelga de finales de 2002 le permitió establecer el control sobre la compañía petrolera estatal, Petróleos de Venezuela (PDVSA). Y su triunfo en el referendo revocatorio de 2004 terminó por elevar su legitimidad. En diciembre pasado, la decisión de la oposición de boicotear las elecciones a la Asamblea Nacional dejó a la coalición chavista el control de la totalidad de los 167 escaños. De cara a la elección presidencial de 2006, es difícil ver cómo podría reagruparse la oposición para montar un desafío creíble. Aunque las encuestas varían, indican que Chávez está en una posición política muy fuerte, con un apoyo popular que oscila alrededor de 50%, que lo coloca muy adelante de su rival más cercano.

Con frecuencia se compara a Chávez con Castro y Muammar Kadafi, de Libia, así como con Bolívar. El precedente histórico más adecuado es el argentino Juan Domingo Perón. También él era una figura militar que intentó un golpe y se valió de sus considerables dotes oratorias para atacar al poder político y dirigir elocuentes llamados a los de abajo. Hasta la audaz decisión de Chávez de proporcionar petróleo con descuento para calefacción hogareña a familias pobres en Estados Unidos, mediante la subsidiaria venezolana CITGO, emula las acciones de la mítica primera dama argentina, que donó ropa a 600 niños estadounidenses menesterosos en 1949. "La astuta Eva Perón sabía reconocer una oportunidad cuando la veía", comentó la revista Time, y lo mismo se puede decir de Chávez. Y como Perón, cuyo peronismo domina a Argentina hasta la fecha, es probable que Chávez tenga éxito en construir una fuerza social y política -- el chavismo -- que perdure algún tiempo.

HISTORIAL DE FALLAS

La falta de éxito de la oposición arranca de su falta de disposición en el pasado a reconocer siquiera los profundos problemas sociales que Chávez identificó -- ya no digamos idear soluciones -- . El gobierno, entre tanto, emprende importantes programas sociales y lanza cooperativas de trabajadores en zonas marginales urbanas. Se llevan a cabo planes para instalar "empresas de producción social" que extenderían el sector estatal y buscarían distribuir ganancias entre trabajadores y proyectos comunitarios. La riqueza petrolera venezolana ha posibilitado gastos enormes -- se calculan unos 20000 millones de dólares en los tres años pasados en programas para proporcionar comida, educación y atención médica a poblaciones marginadas -- , que sin duda han tenido algún efecto.

Los datos disponibles referentes a los resultados de estas medidas están mezclados y no son del todo confiables. Según el Instituto Nacional de Estadísticas del gobierno, la pobreza se elevó de 43 a 54% en los primeros cuatro años de Chávez en la presidencia. El gobierno culpa de este aumento a los golpes de la oposición y a otros esfuerzos por desestabilizar la economía. Un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU, fechado en 2005, señala que la pobreza comienza a disminuir en el país, pues la economía registró un crecimiento impresionante, impulsado por el consumo, en los dos años pasados (18% en 2004, 9% en 2005). Asimismo, el gobierno acaba de cambiar su metodología para medir la pobreza, a fin de reflejar mejoras en criterios separados del ingreso, como el acceso a servicios de salud y educación, los cuales, sostiene, no se reflejaban en cifras anteriores. La docena o algo así de misiones comunitarias, innovación de Chávez, han generado mejores servicios básicos en comunidades pobres. Los programas de alfabetización reciben alta prioridad y han logrado ciertos avances.

Sea que las condiciones de los venezolanos pobres hayan mejorado o empeorado marginalmente en el régimen de Chávez, su "revolución bolivariana" dista mucho de ser un modelo sustentable para la problemática de Venezuela o de la región. Su enfoque es en esencia clientelar: perpetúa la dependencia en el patrocinio estatal en vez de promover un desarrollo de base amplia. Las medidas aleatorias de reforma agraria y las ocasionales confiscaciones de propiedad privada han tenido una justificación menos económica que política y simbólica. La criminalidad, preocupación dominante de los venezolanos, ha empeorado.

El desempeño real del gobierno de Chávez es tanto más decepcionante cuando se considera el aumento espectacular de los precios del petróleo. Si bien el apoyo de Chávez no puede atribuirse sólo a ese precio -- apenas de 12 dólares por barril cuando se le eligió por vez primera -- , el incremento a más de 60 dólares por barril le dio oportunidad de gastar esta ganancia inesperada en construir una base económica más fuerte y diversificada. Irónicamente, esta dependencia en un solo bien representa una notoria continuidad con los gobiernos anteriores, lo cual es un ejemplo más de la "maldición petrolera" de Venezuela, que socava una política sustentable.

Chávez considera la paraestatal petrolera PDVSA el fundamento de su grandioso proyecto político. Si bien recibe frecuentes críticas por no invertir lo suficiente en investigación y desarrollo, ha sido astuto en sus tratos con inversionistas privados extranjeros. Ha buscado términos más favorables (como impuestos y regalías más altos), confiado en que la mayoría de empresas accederían, aun con renuencia. Hasta ahora, con excepción de ExxonMobil en algunos contratos, ha tenido toda la razón.

EL MUNDO EN UN HILO

Desde el principio ha sido claro que Venezuela, con una población de 26 millones de habitantes, es un escenario muy pequeño para las ambiciones de Chávez. El presidente saca provecho total de una confluencia de factores favorables -- mucho dinero, desorden político latinoamericano, desentendimiento de Washington hacia la región, extendida hostilidad hacia el gobierno de Bush -- para construir alianzas en todo el hemisferio occidental y más allá. Se ha erigido con habilidad líder global y regional, utilizando el dinero del petróleo y su descarado sentimiento antiestadounidense, y para construir un contrapeso al poderío de Washington.

La estrecha amistad de Chávez con Castro ha sido parte integral de su proyecto. A cambio de maestros y médicos cubanos, Chávez suministra a la isla, maniatada en materia financiera, unos 90000 barriles de petróleo diarios. Es probable que Castro otorgue a Chávez asesoría estratégica, junto con algún apoyo militar y de inteligencia. Cada vez más, Cuba y Venezuela son referentes importantes mutuos. Ahora, cuando los venezolanos dicen "la embajada", se refieren a la de Cuba en Caracas, no a la de Estados Unidos.

La agresiva diplomacia petrolera de Chávez también ha aumentado su influencia. El año pasado inauguró Petrocaribe, acuerdo mediante el cual Venezuela proveerá de 198000 barriles diarios de petróleo a 13 naciones caribeñas con financiamiento "blando" hasta por 40% del monto. También da alta prioridad a los países del Cono Sur, en especial Argentina y Brasil, esenciales para su plan de lanzar Petrosur, otra iniciativa energética regional que ha prometido financiar en su mayor parte. Compró 2800 millones de dólares en bonos argentinos y 25 millones en bonos ecuatorianos, y aportó capital sustancial para Telesur, alternativa latinoamericana a CNN.

En la Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, en noviembre de 2005, Chávez se unió al anfitrión, el presidente Néstor Kirchner, y a líderes de los demás miembros del Mercosur (Brasil, Paraguay y Uruguay) para bloquear la propuesta, encabezada por Estados Unidos, de reiniciar pláticas sobre el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En su lugar, presentó la Alternativa Bolivariana de las Américas, definida en términos vagos. También ha dado pasos para integrar a Venezuela al Mercosur, con la mira de fortalecer el papel político de ese bloque comercial en las relaciones hemisféricas.

Por supuesto, es fácil exagerar esta influencia. Lejos de alinearse fielmente con el presidente venezolano, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos se resiste a un bloque hostil y antiestadounidense. Mientras Chávez prometía "enterrar" el ALCA, Bush viajaba a Brasilia para reunirse con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien planteó una postura más transigente sobre el libre comercio hemisférico. En la reciente competencia por la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo, ni siquiera los beneficiarios de Petrocaribe aceptaron apoyar al candidato de Chávez, quien terminó por retirarse.

Tanto partidarios como opositores de Chávez le atribuyen considerable responsabilidad por el resurgimiento de la izquierda latinoamericana; por ejemplo, la elección de Evo Morales, en Bolivia, en diciembre pasado. No hay duda sobre la afinidad y admiración mutua entre Morales, Chávez y Castro; ya existen signos de cooperación entre ellos en asuntos sociales y económicos. Si bien no ha aflorado ninguna prueba sólida, los críticos afirman a menudo que Chávez ayudó a financiar el ascenso de figuras políticas de ideas similares a las suyas, como Morales. No es un secreto que grupos particulares en toda la región -- y candidatos presidenciales en Ecuador (Rafael Correa), Nicaragua (Daniel Ortega) y Perú (Ollanta Humala) -- ven a Chávez con simpatía.

Pero aunque Chávez pueda contribuir a un ambiente regional favorable a esos políticos populistas, es inexacto atribuir el ascenso de candidatos de izquierda a su influencia o maquinación. Esas figuras son producto de circunstancias particulares, y serían contendientes aun sin él. El uso hábil de recursos por el venezolano, sus llamados a la justicia social y sus fieros ataques a un impopular gobierno estadounidense han tenido tanta resonancia en América Latina precisamente porque líderes como Morales responden a muchas de las mismas frustraciones que permitieron el ascenso de Chávez en Venezuela. Entre sus adherentes no sólo hay residuos de la izquierda no reconstruida de la región, sino también muchas personas sencillamente frustradas con los modelos económicos y políticos inoperantes, y que buscan respuestas. En consecuencia, muchos líderes latinoamericanos, como Lula y Kirchner, lo toleran y aceptan sus atractivos pactos económicos sin avalar realmente su agenda.

Ni siquiera el conservador presidente colombiano, Álvaro Uribe -- el aliado más fiel de Washington en América del Sur -- , ha tenido una relación claramente hostil con Chávez. Cierto, acusó al gobierno de Chávez de no colaborar en la persecución de los grupos insurgentes colombianos que se refugian en territorio venezolano, y la inicial neutralidad de Venezuela en el conflicto armado colombiano elevó las sospechas en cuanto a las verdaderas simpatías de Chávez. Pero tales tensiones son anteriores a éste, y el valor económico de la relación entre ambos países (3000 millones de dólares de comercio anual) ha alentado a sus presidentes a contener su mutua desconfianza y tratarse con pragmatismo. Los dos se dan cuenta de que una confrontación no beneficia a ninguno de sus países. A principios de 2005, cuando la captura del líder rebelde colombiano Rodrigo Granada en suelo venezolano amenazó convertirse en una verdadera crisis, Uribe pidió a Castro, amigo de Chávez, intervenir y desactivar las tensiones.

Las políticas recientes de la OEA son una ilustración reveladora del verdadero lugar de Chávez en la región. Conforme Washington trata de poner más filo en la existente Carta Democrática Interamericana, en un esfuerzo por sancionar lo que ve como actos antidemocráticos de Chávez, el gobierno venezolano insiste en adoptar una nueva carta social que acentúe los principios asociados con la Revolución Bolivariana. Mientras se enfrentan los representantes de Washington y Caracas, la mayoría de miembros de la OEA se abstiene de alinearse con uno u otro. No ven a Chávez como modelo, pero también albergan un profundo disgusto por el gobierno de Bush. La pugna de Estados Unidos y Venezuela acaba por ser una distracción que bloquea la cooperación en asuntos más urgentes.

La primacía del petróleo también otorga a Chávez influencia más allá de América Latina. Defendió sus visitas a Saddam Hussein y Kadafi con fundamento en la membresía de Venezuela en la OPEP. También trabaja en fortalecer vínculos con países claves, como India y China, en consonancia con su intención declarada de desviar a la larga el petróleo venezolano de su principal mercado actual: Estados Unidos. Declaró su intención de construir un oleoducto que cruce Panamá para envíos a través del Pacífico, y PDVSA abrió una oficina en Beijing el año pasado.

El dinero del petróleo también le ha servido para comprar armas, lo cual justifica con la amenaza de una invasión estadounidense. Compró helicópteros de combate y 100000 rifles AK-47 a Rusia, y celebró un acuerdo con España por unos 2000 millones de dólares en equipo militar. Si bien no es seguro que los pactos anunciados se materialicen (Washington trata de bloquear las compras de armas a España y Brasil), está claro que tales acciones forman parte de la misión de Chávez de incrementar su poder frente a la única superpotencia del planeta.

La manifestación más preocupante de esa misión es la solidaridad de Chávez con el Irán del presidente Majmoud Ajmadineyad. El de Venezuela fue uno de los tres sufragios en contra -- los otros provinieron de Cuba y Siria -- cuando el consejo de 35 naciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica sometió a votación en febrero la propuesta de turnar el tema de la energía nuclear en Irán al Consejo de Seguridad de la ONU. Chávez defendió el derecho de Irán a desarrollar energía nuclear y declaró que Irán y Venezuela son como "hermanos que luchan por un mundo justo". Los dos países negocian diversos acuerdos comerciales y económicos. Chávez también habla de emprender un programa de energía nuclear, y ha buscado asistencia de Argentina y Brasil para explorar esa posibilidad. Una alianza emergente con Irán y el desarrollo de un programa nuclear elevarían lo que está en juego en las relaciones de Washington con Chávez.

BRUSCO DESPERTAR

Desafiar a Washington ha sido el rasgo definitorio del régimen de Chávez desde el principio. Su crítica sin concesiones al antiguo régimen de su país -- al cual denomina "la rancia oligarquía" -- se enfoca a menudo en el apoyo que durante décadas recibió de gobiernos estadounidenses; para él, no hay distinción entre Washington y la oposición venezolana. Sus discursos están salpicados de violenta retórica contra Estados Unidos, al que acusa de designios imperiales y de sistemática explotación de los pobres.

Por desgracia, la actitud predominante en Washington hacia el venezolano también parece atrapada en una era diferente: representa un marco mental evocador de la Guerra Fría, cuando América Latina se volvió un fiero campo de batalla entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Desde que Chávez llegó al poder, Washington está a oscuras en cuanto a la forma de tratar con él. Sus mensajes -- a veces conciliatorios, a veces de confrontación, por lo regular contradictorios -- han sido reactivos en general y muestran escaso pensamiento estratégico. La idea inicial era concentrarse menos en las palabras de Chávez que en sus acciones. Pero al dejar sin contestar su retórica incendiaria y a menudo antidemocrática, Estados Unidos perdió la oportunidad de dejar claro que rechazaba lo que Chávez promovía. Después del 11 de septiembre de 2001, este enfoque de no confrontación se volvió insostenible. Cuando Chávez comparó en público la campaña militar estadounidense en Afganistán con los ataques no provocados en suelo estadounidense, el gobierno de Bush, obviamente indignado, reviró la ofensa.

Un punto de quiebre en la cada vez más problemática relación bilateral llegó cuando el gobierno de Bush pareció respaldar el golpe militar contra Chávez, en abril de 2002. Si bien aún no está claro qué ocurrió exactamente en ese tiempo, el apresuramiento de Washington en expresar aprobación a un acto tan descaradamente anticonstitucional socavó la credibilidad estadounidense sobre el tema de la democracia. También distanció al gobierno de Bush de muchos aliados latinoamericanos, que expresaron, con razón, su preocupación por el derrocamiento de Chávez (que resultó temporal). Si bien Washington más tarde cambió de postura y poco después el secretario de Estado, Colin Powell, pronunció un discurso en la OEA en favor de la democracia, el daño estaba hecho.

Desde entonces, Chávez invoca ese incidente para alegar que Estados Unidos está decidido a perpetrar un "cambio de régimen" en Venezuela. Ese argumento se presenta con aún mayor convicción -- y, para muchos latinoamericanos, con un grado no pequeño de credibilidad -- después de la invasión estadounidense a Irak. Como era previsible, el venezolano aprovecha la enorme impopularidad de esa guerra para fustigar aún más al gobierno de Bush.

Lo que en particular alarma a los funcionarios estadounidenses es la alianza de Chávez con Castro, némesis de Washington durante casi medio siglo. Con sus recursos, el venezolano logró revivir la visión que muchos consideraban enterrada desde hace mucho tiempo: exportar la "revolución" (en este caso, la Revolución Bolivariana) a toda América Latina. En un discurso pronunciado en julio de 2005 en el Instituto Hudson, "El retorno de una política exterior cubana agresiva", el asistente del subsecretario de la Defensa para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Pardo-Maurer, advirtió que Castro trabaja esencialmente por conducto de Chávez, aprovechando sus recursos para llevar adelante una estrategia que se creyó frustrada hace cuatro décadas.

Sin embargo, aunque las relaciones entre Caracas y Washington se han deteriorado, el petróleo venezolano sigue fluyendo hacia Estados Unidos. Hasta ahora, toda la aparente antipatía no ha afectado la crucial relación de comercio, lo que ha impedido un choque más grave entre ambas naciones. Estados Unidos recibe de Venezuela alrededor de 14% de su petróleo de importación; más de 50% de las exportaciones petroleras venezolanas van al país del norte. Al menos por ahora, los esfuerzos de Chávez por diversificar los mercados para el petróleo venezolano parecen dirigirse sólo a mantener a Washington en guardia. Pero es concebible que eso cambie. Estados Unidos no puede ser complaciente, sobre todo porque Chávez tiende a subordinar las consideraciones económicas a la estrategia política, como deja en claro su generoso abastecimiento de petróleo a Cuba.

Los funcionarios estadounidenses están sin duda frustrados. En meses recientes, altos funcionarios del gobierno de Bush, como la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, alternaron entre acusar a Chávez e ignorarlo. En una audiencia del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes, realizada en febrero, Rice -- a quien hay que reconocer que por lo regular muestra prudencia cuando habla de Chávez -- emitió su condena pública más dura hacia él hasta la fecha. El gobierno venezolano, afirmó, es uno de los "mayores problemas" en el hemisferio occidental, y su asociación con Cuba es "particularmente peligrosa". La retórica de Rumsfeld es mucho más provocativa y nada constructiva. En respuesta al argumento de que Chávez goza de legitimidad electoral, señaló que Hitler también fue electo. (Chávez contestó a su vez que "Hitler sería un niño de pecho frente a George W. Bush".)

El gobierno de Bush sucumbe a esta guerra de palabras. Con demasiada frecuencia, los funcionarios muerden el anzuelo de Chávez y acaban en sus manos. Los esfuerzos por aplicar presión mediante sanciones -- por ejemplo, con el pretexto del historial de Venezuela en el tráfico de personas -- no han logrado gran cosa. El Fondo Nacional por la Democracia, con financiamiento del Congreso estadounidense, apoya a organizaciones cívicas venezolanas opositoras a Chávez, como Súmate, pero el presidente lo aprovecha hábilmente como prueba adicional de que el gobierno de Bush está empeñado en derrocarlo. Su inquietante persecución de funcionarios de Súmate ha servido de mensaje a otros grupos sobre las consecuencias de aceptar dinero de Washington.

¿QUIÉN TEME A HUGO CHÁVEZ?

El año pasado, la revista colombiana Semana, nada partidaria de Chávez, lo nombró "hombre del año" porque "alteró el mapa político del subcontinente, distribuyó su riqueza petrolera por los cuatro puntos cardinales, desafió a Estados Unidos y, de ser percibido como un payaso tropical, pasó a ubicarse como el dirigente latinoamericano de mayor influencia global". Y no hay indicios de que el venezolano tenga intención de aflojar el paso. La constitución de 1999 le permite postularse para dos periodos consecutivos de seis años, pero, con su completo control de la Asamblea Nacional, bien podría adoptarse una propuesta para permitir la reelección presidencial ilimitada.

Sin duda, la capacidad de Chávez de gobernar el país no es ilimitada. Una caída en los precios del petróleo, aunque improbable en el corto plazo, resultaría muy problemática para sus planes. Existen informes veraces de corrupción en gran escala dentro del régimen y, según se evidencia en los problemas de infraestructura, importantes ineficiencias en la economía y en el sector público. Ha comenzado a presentarse una escasez esporádica de productos básicos, resultado de los prolongados controles de precios. Podrían acentuarse las incipientes fisuras en la amorfa coalición chavista y crear problemas de gobernabilidad. Y si bien Chávez conserva su popularidad personal, las encuestas indican que la población se muestra cada vez más insatisfecha con algunos temas claves.

Por ahora, sin embargo, es posible que se mantenga la influencia de Chávez. Y contrarrestarla requeriría reconocer que tiene origen no sólo en su habilidad de dar forma a la agenda venezolana y regional, sino también en el fracaso de otros gobiernos en hacerlo. Su interés legítimo y bien expresado por las cuestiones sociales toca una fibra sensible en América Latina, en especial en vista de la condición desesperada de la educación y la atención a la salud en muchos países de la región. Contra tal trasfondo de necesidades insatisfechas, el atractivo de Chávez no es ningún misterio.

Contrarrestar la influencia de Chávez requeriría enfrentar los agudos problemas sociales que él sacó a la luz. Su diagnóstico de los males de la sociedad puede ser acertado, y sus intenciones sinceras, pero la receta que ofrece es poco más que un remedio de charlatán: ha sido incapaz de idear un modelo sustentable para lidiar de manera eficaz con los problemas sociales. Aunque algunos de los ciudadanos más pobres de Venezuela se encuentren hoy en mejores condiciones, el desempeño de Chávez ha sido decepcionante en vista de la oportunidad que representa la bonanza petrolera. Más importante, el chavismo viene aparejado con un costo inaceptablemente alto.

Washington no debe titubear en expresar con discreción su oposición a algunas de las violaciones más flagrantes de Chávez al estado de derecho y al proceso democrático. Si no encuentra ninguna oposición, el programa chavista tendrá resultados nocivos tanto en el ámbito interno como en el internacional. Pero Estados Unidos tiene poca influencia en conformar la dinámica política interna venezolana -- y, por la falta de popularidad del gobierno de Bush en toda la región, carece de capacidad para "enfrentar" directamente a Chávez -- . Como alternativa, la estrategia estadounidense debe esforzarse por ganar el apoyo de otros gobiernos latinoamericanos para hacer frente a las condiciones que permitieron el ascenso de Chávez en un principio. Más que gastar tanta energía en denunciar la presencia de médicos y maestros cubanos en las zonas pobres urbanas de Venezuela -- programa que, aunque no es un modelo transferible, sí beneficia a algunos venezolanos pobres y es popular -- , Washington debe demostrar que tiene ideas mejores.

Si bien los líderes y gobernantes electos de América Latina tienen la responsabilidad final de idear y aplicar políticas sociales eficaces para sus ciudadanos, Washington puede ser un socio más útil. Es difícil contemplar iniciativas en escala comparable a la Alianza para el Progreso de la década de 1960 en el actual ambiente económico y político. Sin embargo, Washington debe manifestar mucho mayor interés del que ha mostrado recientemente hacia las prioridades latinoamericanas, como migración, infraestructura y desarrollo social. La urgente tarea que enfrentan los gobiernos electos latinoamericanos de hoy es mostrar no sólo que permiten a sus ciudadanos expresarse con libertad, sino también que son capaces de lograr mejoras tangibles en la vida cotidiana de ellos.

Es probable que las claras deficiencias de Chávez y las divisiones internas de su régimen se acentúen con el tiempo. Si Washington puede dar a su política regional un enfoque más constructivo -- y si otros gobiernos latinoamericanos se comprometen más en emprender reformas urgentes -- , los defectos del modelo de Chávez serán cada vez más evidentes, pues, una vez que aprendan las lecciones de su amarga experiencia, los venezolanos tendrían una oportunidad de transitar hacia la reconciliación política y el desarrollo verdadero, que durante tanto tiempo los han eludido.