¿Por
qué la gente tendría que creer que su segundo gobierno sería distinto?
Por varias razones. La primera es
que el mundo ha cambiado sustantivamente, existe otra economía; vivimos otro
contexto internacional. Mi Presidencia coincidió con el periodo del presidente
Reagan, que no era precisamente Clinton o Carter…
¿Su
partido garantiza un gobierno diferente?
El Gobierno aprista pagó el costo de
no haber administrado el Estado durante cinco décadas. Es en la gestión de
gobierno que los partidos van perfeccionando sus cuadros; solo ahí aprenden a
actuar con realismo y prudencia.
Al final de su Gobierno, en 1990, el
país tenía una hiperinflación sin control y el terrorismo amenazaba al país
entero.
Me tocó una época de terrorismo y de
contracción financiera. A diferencia de Fernando Belaunde, que dejó de pagar la
deuda en silencio, yo preferí predicar la idea de que podíamos —con una
coalición de países deudores— forzar una reducción de los intereses en la
refinanciación de la deuda. No se pudo.
Por todas estas razones y, además,
por instinto mínimo de supervivencia de un gobierno, las acciones futuras
tienen que ser distintas.
¿De
qué se arrepiente?
De combatir la miseria rural
favoreciendo un considerable crédito sin intereses a favor de los campesinos,
como una manera de impedir que fueran reclutados por Sendero Luminoso. Tal vez mi error de
formación, como abogado y como afrancesado, fue dar más importancia al aspecto
sociológico que a la acción directa en contra de Sendero.
O
sea, hubiese sido mejor usar más fuerza contra Sendero.
Debió acometerse con más fuerza. No
estábamos preparados.
La violencia era una metástasis
generalizada en la población. Nosotros quisimos responder a eso con muchas
obras y aumentamos la tendencia inflacionaria.
Esa es la verdad.
¿Y
la estatización de la banca?
Otro error. Cuando se acabaron los
recursos, opté por controlar el crédito por medio de la nacionalización de la
banca. Visto desde hoy, creo que hubiera sido más inteligente poner
restricciones al capital bancario y no intentar tomarlo. Terminamos luchando contra
Sendero Luminoso y también contra la burguesía peruana. Todo eso hacía
imposible una conducción eficiente del Gobierno.
Bueno,
usted tenía 35, 36 años...
No atribuyo los problemas de mi
Gobierno a mi juventud…
Usted
ha cambiado como líder más allá de las circunstancias, hay una evolución en su
forma de pensar...
Cuando uno es joven quiere cambiar
el mundo de inmediato con recetas mágicas. Ahora hay que utilizar el mercado de
manera eficaz a favor del bienestar y del empleo de la gente, y no intentar lo
que acaba de hacer mi amigo Evo Morales, porque así se mata la gallina de los
huevos de oro.
La
experiencia de los segundos gobiernos en América Latina no ha sido auspiciosa:
Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia. Volver
no ha sido precisamente un éxito. ¿Existe alguna maldición con los segundos
gobiernos?
El que fue exitoso en su primer
Gobierno a veces fracasa en el segundo. El que tuvo muchos problemas en el
primer Gobierno, en ocasiones triunfa en el segundo.
¿Qué
ejemplo de éxito en el segundo gobierno podría citar?
Nicolás de Piérola, una figura
extraordinaria en el siglo XIX, ocupó el Gobierno del Perú durante la Guerra
con Chile. Fue un desastre, y Piérola huyó del país. Veinte años después, su
segundo periodo se recuerda como el mejor Gobierno de la historia republicana
del Perú. El Piérola que se recuerda es ese. Espero que a mí también se me
recuerde así.
El
legado histórico parece ser muy importante para usted. ¿Piensa en eso, que va a
ser recordado en la historia del Perú?
Nosotros los latinos tenemos un
sentido más romántico y tal vez más histórico que los sajones; a diferencia de
ellos, creemos en la gloria. Sin embargo, me identifico mucho con Franklin
Delano Roosevelt, el más grande estadista del siglo XX. Creo que el APRA es
algo así como el New Deal, un movimiento de expansión de la propuesta
democrática.
Usted
habla de expandir la democracia, pero la gente en el Perú está decepcionada de
la democracia. ¿No le preocupa ese desencanto?
No es así. El Perú tiene tres
electorados claramente definidos. Uno conservador, que yo llamo republicano,
que es un 30 por ciento. Este electorado está en las ciudades, es industrial,
pequeño industrial y microindustrial.
El APRA representa a otro electorado
que es obrero y moderno. Nuestro partido es muy fuerte en las zonas fabriles,
exportadoras. Somos norteños. El APRA es fuerte porque está presente en los
obreros de la caña de azúcar exportadora, del algodón exportador, de la pesca
exportadora, de las ciudades más consolidadas del norte. Ahí tenemos fuerza.
Ese es nuestro tercio.
Y el tercer y último tercio
corresponde al sur andino, que tiene antecedentes de una cultura más bien
vertical y despótica; una concepción muy mesiánica de las cosas. Mientras el
norte avanza paso a paso, el sur quiere cambios violentos y siempre vota por un
salvador, por un Mesías.
¿Cómo
incorporar a ese sector excluido? El Perú no puede perpetuarse en pedazos,
fragmentado...
La zona sur aparece mucho más
difícil de desarrollar que la zona norte. Esta última está conectada; es, como
la ciudad de Lima, la ‘región-TLC’ típica del Perú. En el caso de que se
apruebe un TLC, la zona sur, en cambio, quedará totalmente excluida por largos
años. En zonas con un alto índice de analfabetismo y donde no hay escuelas se
requiere un largo periodo de inversión.
Humala
se conectó con ese tercio del electorado, el del sur.
Con una propuesta sin duda mesiánica
y demagógica, inviable en el mundo de hoy, Humala ha sido —paradójicamente— positivo,
pues nos ha demostrado el quantum de pobreza que existe en el Perú. Estamos al
borde de una situación como la boliviana, y esta es la última ocasión que
tenemos para resolver este problema.
¿Cómo?...
Creo que no se trata de detener el
fenómeno como una amenaza, sino de propiciar un esfuerzo de inversión mucho
mayor.
¿Cuáles
serían las dos o tres prioridades de su segundo gobierno?
Lo primero es detener la
‘barbarización’ de la política peruana.
¿‘Barbarización’
de la política?
La ‘barbarización’ consiste en
aceptar situaciones y gobiernos que restringen la libertad, intolerantes, sin
equilibrio de poderes, sin libertad de expresión. El riesgo boliviano es un
peligro de medidas económicas como estatizar los bienes de un buen amigo como el
Brasil. El segundo riesgo es la ‘barbarización’ tropical, la del señor Chávez.
Él responde a una estrategia de grandes bloques mundiales.
¿Cómo
va a enfrentar el problema de la delincuencia? Algunos sostienen que Humala
ganó la primera vuelta porque, como es militar, se lo percibe con la autoridad
para enfrentar la inseguridad.
La lucha contra el crimen debe
hacerse democráticamente. Existen instrumentos clarísimos para luchar contra el
crimen: una legislación muy severa, jueces expeditivos y rápidos, y una Policía
enérgica y activa.
¿Cuál
es el programa de su partido para combatir la corrupción?
La corrupción es un problema
mayúsculo en las dictaduras, ya que no tienen supervisión. Pero es un problema
menos grave en las democracias. Tengo confianza en que los grandes hechos de
corrupción no van a ocurrir más en el Perú. El próximo Gobierno tiene que
permitir que sea la oposición la que se encargue de supervisar los temas de
corrupción.
¿Cómo
ve el tema del narcotráfico? Después de tantos años está peor que nunca, y no
se ven alternativas, propuestas...
El narcotráfico tiene muchas causas:
consumo, falta de políticas agrarias. Con una política agraria eficiente
ganamos mucho más que fumigando o arrancando las matas de coca una por una,
como hace la Policía.
Pero
¿cómo evalúa usted la política de los Estados Unidos, que consiste en fumigar?
La fumigación es inviable
políticamente en el Perú, por lo menos ahora. Hay una enorme resistencia
social, no solo en el lugar donde se siembra coca, sino también en los medios
ambientalistas, intelectuales y políticos. Eso significaría meter al Gobierno
en un problema mayor. Yo prefiero ir paso a paso.
Mario
Vargas Llosa, un opositor a su primer Gobierno, habla de usted como el ‘mal
menor’ en esta carrera presidencial. ¿Qué significaría para usted llegar a la
Presidencia como el mal menor?
No hay Presidente en la tierra que
no reciba votos como ‘mal menor’. Un 25 por ciento me ve como estupendo, otros
me ven mejor que Humala, y hay algunos que dicen “los dos son malos, pero el
menos malo es García”.
Tengo
la impresión de que, en esta elección, decidirse por el mal menor es mucho más
significativo...
En absoluto. Todos los políticos son
siempre el ‘mal menor’ para alguien. Eso se llama ser útil. Un político tiene
que ser útil en un momento. Yo, en este momento, soy útil a la sociedad
peruana, a su clase media, a su pequeña empresa y a su microempresa, a la gente
que tiene ideas democráticas, que no gusta de Chávez, que no gusta de la
experiencia de Evo Morales. Que digan que soy el ‘mal menor’ no me interesa;
soy útil y punto.
Dicen
que las declaraciones de Montesinos y de Fujimori al final de esta campaña lo
han beneficiado políticamente.
Los hechos son que Humala trabajó
con Montesinos, que fue jefe de campaña electoral de Fujimori en la zona sur, y
eso es lo que ha declarado Montesinos...
¿Y
Fujimori?
Él simplemente ha dicho: Alan García
ha evolucionado.
Recoge una constatación, aunque sea
por él que tuve que pasar nueve años fuera...
¿Cómo
evalúa los diez años de Fujimori?
Fujimori entendió que el mundo
estaba cambiando, quiso abrir el Perú al capital externo. En esa época —tal vez
ahora él también ha evolucionado— era un hombre un poco primitivo en sus
análisis y aplicó un modelo exagerado. Lo que hizo fue amputar sin anestesia,
con un golpe de Estado. Hubiese sido mucho más difícil hacer lo que hizo en
democracia. Igual con Sendero Luminoso: después de un golpe de Estado se puede
establecer un juicio sumario con jueces sin rostro y todos a la cárcel con
cadena perpetua, pero el país se pacifica. De manera que lo malo deriva en algo
positivo. Entonces así no. Yo soy más bien Rembrandt, claro-oscuro…
¿Y
cómo aprecia el Gobierno de Alejandro Toledo?
Tiene la virtud de haber mantenido
la democracia, pero sin autoridad. Autoridad es tener ascendencia moral sobre
el país. Cometió gravísimos errores de frivolidad.
Hay que reconstituir la autoridad
moral y también la autoridad de las fuerzas democráticas sobre el país.
El
Perú ha tenido un crecimiento económico impresionante. ¿Es que acaso Toledo no
se merece ese crédito?
En el Brasil dicen: “Cuando el
gobierno duerme la economía crece”. Hubiésemos puesto a la momia de Tutankamón
en Palacio y el país crecía. Si ahora pagan 700 dólares por onza de oro en vez
de 200, el país crece.
Toledo cree que el crecimiento
económico debe ‘chorrear’ de una manera librecambista hacia los más pobres. Eso
no funciona, pues la velocidad de la impaciencia política se lo come y nos deja
un problema horrible como Humala.
¿Convocaría
a independientes en su gabinete?
Lo más saludable para un país ahora
es compartir el poder. En nuestros países el poder es una culpa. Usted es
elegido, festeja esa noche y al día siguiente comienza a ser culpable de todo
lo malo, no de lo bueno. Es preferible compartir la culpa con otros sectores.
La CVR fue usada por un tiempo
creyendo que así se podía desgastar al candidato García. No funcionó. Tenemos
que indemnizar a cada una de las personas que sufrieron la violación de
derechos humanos o que perdieron sus bienes. Eso es parte del Plan Sur.
La CVR tuvo un carácter negador. Al
final de sus investigaciones aparecía que el Estado fue responsable de todo, y
que los gobernantes y los militares fueron responsables de masacrar al pueblo
peruano. Yo no creo que los militares sean, porque usan uniforme, seres
salvajes que están esperando ir a matar personas. Yo los conozco.
Creo que el izquierdismo de tipo
estalinista-maoísta, que ha sido derrotado históricamente —pero que está ahí
larvado, acomplejado, guardado en el corazón de mucha gente—, intenta demostrar
que el Estado es siempre genocida. Por eso Giampietri, mi candidato a la
primera vicepresidencia, sale a defender su institución.
El objetivo de Chávez es Colombia,
donde ve la presencia más penetrante del imperialismo estadounidense en América
Latina. Para ello pone en juego la teoría del dominó: genera una situación en
Bolivia, clona un comandante en el Perú, clona otro en el Ecuador, el señor
Gutiérrez, y de esa manera rodea a Colombia.
No voy a ser el sherif de América
del Sur. La mejor manera de influir en la región es haciendo bien las cosas
dentro de nuestro país.
Primero debo decir que a mí no me
gustan las reelecciones. No me parecen democráticas: el que ejerce el poder no
puede presentarse a sí mismo.
Pero hay que reconocer que el
principal problema en Colombia —país donde he vivido y que por tanto conozco—
es la violencia, la subversión. Creo que el éxito de Uribe consiste en haber
focalizado en ese tema su acción política. Él tendría, de una u otra forma, que
terminar con la subversión, y entonces se tendría a Colombia en una posición
inmensa en el continente, porque es uno de los países más ricos de América del
Sur.