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Mejores vecinos

By Abraham F. Lowenthal
AméricaEconomía, March 10, 2008

En menos de un año EE.UU. estrenará un nuevo presidente y un nuevo Congreso. En cuanto asuman, tendrán muchos temas que enfrentar: guerras en Irak y Afganistán, crisis en Pakistán y un posible conflicto con Irán, sin olvidar el cambio climático, el surgimiento de China e India, el conflicto palestino-israelí, la recesión económica, la inmigración ilegal y otros desafíos domésticos como problemas de cobertura de salud, reforma tributaria y educación.

Así, los que esperan que el nuevo gobierno tendrá espacio en su agenda para priorizar las políticas hacia América Latina y el Caribe se llevarán una profunda decepción. Ningún país en la región es una amenaza inmediata a la seguridad de EE.UU., ni es percibido como cuna de actividad terrorista ni puede aportar demasiado a resolver los problemas más apremiantes de la política exterior de EE.UU., por lo que estará muy abajo en la lista de los temas urgentes.

No obstante, América Latina y EE.UU. sí presentan temas y desafíos en común, que si bien no son percibidos como “crisis”, como los ya mencionados, no podrán ser resueltos sin la cooperación entre países de la región. Algunos de éstos son la migración, seguridad energética, calentamiento global, tráfico de drogas, criminalidad, salud pública y terrorismo internacional.

Como resultado de las masivas olas migratorias entre EE.UU. y sus vecinos más cercanos, hemos visto también el surgimiento de temas “interdomésticos”, o sea, que tienen tanto implicancias locales como internacionales. Entre éstos están la educación, salud, el envío de remesas, las licencias de conducir, los ahorros para la pensión y las pandillas juveniles.

La región también reviste importancia para EE.UU. como mercado de exportación de sus bienes y servicios, y como una fuente de energía y otros recursos vitales para su propia economía.

Por último, EE.UU. y América Latina comparten valores fundamentales, en particular, la defensa de los derechos humanos, como la libertad de expresión política y el gobierno democrático responsable. El pueblo norteamericano intuye que estos valores esenciales no pueden prevalecer internacionalmente si no tienen éxito en el Hemisferio Occidental.

EE.UU. tiene mucho que ganar si los países de América Latina y el Caribe logran reducir la pobreza, las groseras inequidades y la exclusión étnica. Estas condiciones sólo sirven para azuzar la polarización y la demagogia, y debilitan el gobierno democrático responsable, la estabilidad y el desarrollo económico sustentable.

Si EE.UU. ayuda a América Latina y el Caribe a enfrentar estos problemas tendrá vecinos más estables, mayores mercados, atractivas oportunidades de inversión y destinos turísticos amigables.

También tendrá, como resultado, acceso a fuentes de energía más seguras y socios con mejor disposición a resolver aquellos desafíos globales mencionados, como el cambio climático, el tráfico de drogas y la migración.

Por el momento, EE.UU. no parece disponer de recursos suficientes como para obtener un resultado inmediato sobre la pobreza, inequidad y exclusión; no es el momento para otra “Alianza para el Progreso”. Pero ciertamente puede más que aquellas burdas imitaciones de los programas cubano-venezolanos que el presidente Bush anunció en 2007, como el arribo de un barco hospital a algunos puertos de la región y mayor número de becas para estudiar en EE.UU.

Entre las cosas que EE.UU. puede hacer están: aumentar el impacto social de las remesas, apoyar programas de microcrédito, crear un fondo de desarrollo regional para ayudar en los esfuerzos de reducción de la pobreza y ayudar a segmentos de la población más vulnerables. También se debiera proveer crédito multilateral para asistir a los países importadores de energía a enfrentar períodos de precios elevados, apoyar reformas educacionales innovadoras, combatir el tráfico de armas pequeñas y enfrentar el tema de las pandillas juveniles como un problema transnacional.

Muchos de estos programas ya están en pie en pequeña escala, pero el próximo gobierno debería darles mayor énfasis y apoyo; no sería demasiado caro y haría una gran diferencia en muchos casos. Además, Washington debería tratar de coordinar iniciativas públicas y privadas para fortalecer la infraestructura en América Latina e incrementar la producción de energía, importantes vías para acelerar el crecimiento de la región y que están en línea con los intereses de EE.UU. 

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