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México en guerra

By Joaquín Villalobos
El Diario de Hoy (El Salvador), May 27, 2008

La marihuana es considerada inofensiva y es la más popular de todas las drogas. Quienes la consumen no dimensionan la actividad criminal a la que dan soporte cuando la compran. Por ser tan popular, la marihuana es la principal fuente de ingresos de los narcotraficantes. En sólo 18 meses estalló una sangrienta guerra entre el Estado mexicano y el crimen organizado, 30,000 hombres de fuerzas federales fueron desplegados en siete estados que se encontraban en situación crítica. Las operaciones se realizan por aire, mar y tierra. Más de quinientos policías y militares, incluyendo jefes, han perdido la vida en enfrentamientos o ejecuciones, y el total de víctimas supera las 4000.

Las fuerzas federales han realizado 22,000 arrestos y extraditado 41 narcotraficantes a los EEUU. Han incautado 14,000 armas, 260 millones de dólares, 6,900 vehículos, 121 embarcaciones marinas, 261 aviones, 2,700 toneladas de marihuana, 52,000 kg. de cocaína y 13,000 kg. de pseudoefedrina. Las cantidades de productos, medios y armas capturados son las más grandes de la historia de México. La droga se ha escaseado en las principales ciudades de EEUU. La cocaína aumentó 44% de precio con reducción de 15% en su pureza y en las metanfetaminas esos cambios fueron de 73% y 31%, respectivamente. El Gobierno estadounidense ha tenido que reconocer sus responsabilidades por el consumo de droga y el tráfico de armas hacia los narcotraficantes. Sin embargo, México está conmocionado por una violencia sin precedentes desde la Revolución.

Durante décadas hubo tolerancia universal a la oferta y consumo de drogas, y hasta la CIA vendió cocaína. Esto favoreció el surgimiento de organizaciones criminales que no fueron consideradas inicialmente una amenaza estratégica. La urbanización y los cambios culturales aumentaron el consumo de drogas, expandiéndose la demanda y con ello el poder financiero de los delincuentes. Los carteles mexicanos, que durante años habían operado sin ser muy visibles, se fortalecieron y comenzaron a volverse cínicamente impunes. Bajo la regla de "plata o plomo", cooptaron a miles de policías y ciudadanos. Al controlar las policías intimidaron al poder político local y le arrebataron la autoridad al Estado. Se convirtieron en poderes fácticos, crearon feudos y desataron guerras entre ellos por mercados y rutas. La clase política local pasó de la indiferencia al miedo y el resto de la sociedad bajó la cabeza.

Los carteles estaban cerca de poder intimidar a la presidencia y a los grandes medios de comunicación, tal como ocurrió en Colombia. El Estado mexicano no tenía más alternativa que la guerra para recuperar autoridad, instituciones, territorios y población. El pasado de indiferencia "pacifica" ya no era posible, el narcotráfico se había convertido en una amenaza estratégica. La violencia que vive ahora México es el final del régimen de convivencia entre el Estado y el crimen organizado, un final que obviamente será sangriento y en el que una parte de la lucha se libra al interior de las policías.

Pero esa guerra debía enfrentarse no sólo corriendo los riesgos de la infiltración criminal en las policías, sino atendiendo democráticamente las críticas de los medios de comunicación, respetando la fiscalización de otras instituciones y lidiando con la inevitable politización del tema en un escenario en el que la relación plan, tiempos y resultados siempre tendrá sobresaltos y sorpresas. El Gobierno de México innovó la estrategia, desató un asedio permanente para recuperar territorios, impulsó la reconstrucción de las policías locales con depuraciones masivas como primer paso y buscó identificar y golpear los nodos de valor y centros de gravedad del sistema delictivo. Superó el modelo estadounidense de "perseguir al malo", por uno orientado a atacar la rentabilidad del negocio, porque es el poder financiero el arma fundamental del crimen organizado.

La identificación de puntos y rutas vitales, tipos de empresas fantasmas, modalidades de operación y formas de manejo financiero, es lo que ha permitido realizar decomisos constantes, provocando una violenta reacción de los criminales que podría, incluso, llegar al terrorismo. Pero esta violencia, además de ser una señal de desesperación de los delincuentes, consolida, sin vuelta atrás, la ruptura entre crimen organizado y Estado.

En el pasado el PRI constituía el factor de cohesión entre el poder local y nacional. Se fundaron instituciones de seguridad federales altamente calificadas, pero pequeñas y con poco despliegue. Con la democracia, la debilidad del poder federal dio ventaja al crimen organizado para imponerse sobre los gobiernos locales. Sin embargo, la derrota de los carteles es previsible, México es un Estado grande, fuerte y la sociedad tiene suficiente masa crítica. En pocos años el poder coercitivo federal se habrá incrementado y su despliegue territorial estará consolidado, los delincuentes perderán poder financiero, los grandes capos estarán muertos o presos, los carteles se atomizarán y la violencia se reducirá sustancialmente.

Tendrá México que lidiar con la cultura de ilegalidad de sus ciudadanos y con sus propios consumidores de droga. Pero alguien tendrá que seguir abasteciendo a los estadounidenses. Quizás entonces los narcotraficantes busquen apoderarse de estados pequeños e indefensos como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, o tal vez aprovechando las debilidades de la transición tomen control de Cuba.

 

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