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El aterrizaje cubano

By Joaquín Villalobos
Revista Nexos (México), November 1, 2008

Siempre me ha intrigado conocer lo que hablaron Fidel Castro y el Papa Juan Pablo II en la Habana en 1998, porque no estoy seguro de que Fidel creyera en el marxismo y de que Juan Pablo creyera en Dios. Uno ha hecho religión con la política y el otro hizo política con la religión. Pero el pragmatismo, el nacionalismo y el pensarse al frente de “dictaduras bondadosas” les eran comunes. Cuando comenzó la transparencia en la ex Unión Soviética, Cuba suspendió la circulación de las revistas “Sputnik y Novedades de Moscú”. Fidel Castro me dijo entonces: “durante años esas revistas sostuvieron al marxismo leninismo como verdad absoluta y ahora dicen que eso era mentira, es como si el Vaticano distribuyera un catecismo donde dijera que Dios no existe”.  

El temor a lo que el régimen cubano considera “el demonio imperialista” potenció la fe marxista en la Isla. Estados Unidos es una democracia y la mayor economía del mundo, pero comparada con Europa Occidental, tiene todavía manifestaciones de inmadurez política, dado que importantes componentes de su sociedad consideran a su país una democracia perfecta escogida por Dios. Esta suerte de fundamentalismo liberal conduce a lo que un amigo británico define como “sociedad estructuralmente paranoica” que crea a los enemigos que necesita para reafirmarse. Cuba es para los EEUU política doméstica, una “provincia rebelde” y una de sus más persistentes paranoias. No se puede entender al régimen cubano, sino se tiene en cuenta esta patología política estadounidense.
 
A los cubanos les han sobrado razones para creer que Satanás existe. Durante más de un siglo el intervencionismo norteamericano hacia el Caribe y Centroamérica movido por intereses expansionistas, comerciales, geopolíticos e ideológicos ha sido persistente. Esto establece una conexión entre la independencia de Cuba en 1902, con la Revolución de 1959. A ésta siguieron la derrotada invasión de Bahía de Cochinos en 1961, la crisis de los misiles nucleares en 1963 y una política de bloqueo, asedio, amenaza, asesinato y hasta terrorismo por parte de los gobiernos estadounidenses. Este contexto dio forma antiimperialista a la Revolución, determinó la personalidad y pensamiento de sus dirigentes, justificó el autoritarismo y la economía de guerra y colocó a Cuba en el corazón de la Guerra Fría. Es la política de EEUU la que ha mantenido en el poder a Fidel Castro. Más allá de la retórica marxista, ha sido el nacionalismo el principal motor del pensamiento político cubano. Fueron razones políticas y no la pobreza la causa de la rebelión, igual que en Nicaragua y en El Salvador. La Revolución Cubana en realidad definió la frontera Caribe para los Estados Unidos y el alineamiento con el socialismo soviético fue en última instancia una forma de sobrevivir ante la convicción de que EEUU ha querido tragarse al país.  

A la dirigencia cubana siempre le ha preocupado lo que ocurrirá cuando muera la generación de la Revolución. El propio Fidel lo reconoce cuando escribe: “afortunadamente nuestro proceso cuenta todavía con cuadros de la vieja guardia”. Las nuevas generaciones han crecido con educación, pero en carestía permanente y bajo la influencia de hechos emblemáticos distintos a los que vivió la vieja guardia. Entre éstos están: la derrota electoral de la Revolución Sandinista; el fin de la Unión Soviética; el empuje del capitalismo Chino y vietnamita; la opulenta “revolución” de Chávez; la racha de victorias electorales de la izquierda latinoamericana; la entrega del niño Elián González por el gobierno de Clinton; la congratulación de Fidel por el rescate de rehenes en manos de las FARC; el reconocimiento a Mandela como líder universal; y la posibilidad de que un joven afroamericano demócrata se convierta en presidente de EEUU. No se trata de “varios Vietnam” como decía el Che, sino de elecciones en todas partes, menos en la propia Cuba, en el momento en que las conquistas sociales de la Revolución se han vuelto relativas y son competidas por las democracias chilena y costarricense.

La dirigencia histórica tiene más de 70 años, el modelo “socialista autoritario” se ha vuelto inviable, las razones que lo justificaron han desaparecido y si bien EEUU sigue paranoico, su agresividad directa está severamente disminuida. No realizar cambios es peligroso y, a su manera, parece que esto lo han entendido los líderes cubanos. La apertura se inició en realidad cuando Fidel recibió a Juan Pablo II, el Papa anticomunista amigo de Reagan. La Iglesia Católica, antigua enemiga contrarrevolucionaria, fue así oficialmente aceptada como fuerza política de oposición. Ahora Raúl Castro intenta ser un puente generacional y un regulador de velocidad de los grandes cambios que el país necesita.           

El fin de la libreta de racionamiento y del igualitarismo mediante la revalorización del trabajo no son cambios superficiales, para Cuba son un ajuste estructural profundo y radical. En política no importa lo que alguien pretende cuando acepta realizar un cambio, lo fundamental es prever adónde ese cambio lo va a llevar. La posible copia del modelo vietnamita es irrelevante, lo comenzado en Cuba no tiene retorno porque encadenará medidas económicas y políticas inevitablemente. Es acertado comenzar reformando la economía, porque una apertura democrática con escases podría provocar una ruptura violenta, ingobernabilidad, una carestía mayor y la emigración de millones de cubanos. Sin un mercado funcionando la nueva estratificación social se daría de forma salvaje y los ricos surgirían mayoritariamente de procesos mafiosos.

Por otro lado, los principales actores para una democracia no están todavía configurados, la oposición interna es débil y el exilio es revanchista y desestabilizador. El motor de la transición serán las necesidades democráticas crecientes que demanda el debate en el propio Partido Comunista, y es de sus corrientes internas que irán surgiendo fuerzas con capacidad para gobernar. No hay quien sustituya al Partido que ha gobernado medio siglo, lo único que lo puede sustituir es el caos. La democracia importada no funciona. En España sectores del franquismo fueron claves en la transición. La idea de partidos matrices está presente en México donde hay PRI en todas las corrientes, en Costa Rica donde Liberación ha sido el pilar del sistema y en toda Europa del Este. En Irak por el contrario se desmanteló al partido de gobierno para instalar un desastre. Transición exitosa no es destruir fuerzas, sino transformarlas tal como lo demostró magistralmente Mandela.  

Un caos en Cuba le daría una gran oportunidad al crimen organizado en actividades de narcotráfico, comercio de armas y tráfico de personas. La Isla tiene unas costas enormes, es una plataforma ideal que conecta a África y Suramérica con Europa y Norteamérica, y es también una retaguardia perfecta para que el crimen organizado de Miami se vuelva muy poderoso adentro de EEUU. La elevada afluencia de turistas convertiría al país en un gran centro de narcomenudeo. Pero lo más grave es que el desmantelamiento del enorme aparato militar y de seguridad cubano podría poner en manos del narcotráfico armas de gran potencia y hombres altamente entrenados. Esto ha ocurrido igual en la conservadora Guatemala que en la revolucionaria Rusia. En Afganistán se produce ahora más heroína que cuando gobernaban los Talibanes.   

Cuba no es una amenaza, sino un Estado convaleciente que está buscando abandonar el catecismo marxista que utilizó para sentirse segura frente al “demonio americano”. Pretender ir demasiado rápido puede ser más problema que solución. La comunidad internacional necesita tener paciencia y actuar con inteligencia y pragmatismo para evitar que la inmadurez estadounidense arruine el aterrizaje suave de Cuba.

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